Sillero-Cestero
Es un oficio artesano, que como todos los practicados por el hombre y relacionados con objetos de uso habitual, es de los más antiguos de la humanidad. Prácticamente en todas las civilizaciones existen vasijas o recipientes construidos manualmente con fibras vegetales. La cesta ha constituido el elemento auxiliar más primario y más común de la acción del ser humano sobre su propia vida. 
Se utilizan las varas del mimbre en cestería porque se trata de un arbusto de ramas delgadas, largas y muy flexibles que las hacen idóneas para su manipulación. Una cesta se hace con unos 60 mimbres. 

La mimbre se cosecha en el campo, se selecciona y luego se mete en la caldera, se cuece, se pela y después se tiende para que vaya cogiendo color. Finalmente se barniza. Luego se almacena y se va secando, se pone a mojo un par de horas y ya está dispuesta para trabajar.
Un cestero es un tejedor; entrecruza las varas, a modo de hilos, hasta componer una pieza compacta. Ha de conocer el oficio y el comportamiento de los materiales que emplea y ha de tener mucha habilidad para evitar las fracturas en la urdimbre de mimbres o cañas hasta conseguir la pieza y la simetría que para ella pretende. 
 
Según el uso que al recipiente se le da se llama cesta, cesto, capazo, canasto, terrero o espuerta. Todos ellos se hacen con mimbre y a veces con caña. El mimbre puede ser blanco o negro, es decir, pelado o sin pelar.

En cuanto a las herramientas que el cestero necesita son bien simples: unas tijeras, un corquete, una navaja, un punzón y un abridor de varas son suficientes. El resto es creatividad e imaginación hecha realidad. Hoy en día la cestería responde más a un lujo que a una necesidad. Antes se hacían más cestas y garrafas, como útiles del campo que eran, también paneras y silloncitos. Ahora se trabaja más para adornar.

 
 
 
 

herramientas habituales como son: cuña, azuela, cepillo, punta y puntilla, serrucho, berbiquí, martillo, tenaza, y calzador.
El oficio artesanal del Sillero sólo necesita un haz de enea a sus espaldas y los útiles necesarios para rehacer los asientos de las sillas. El silleeeeero.. este es el grito característico del pregonar de Juan, un hombre humilde que con muy poco utillaje pasea por nuestras calles para ponerle el culo de asiento a las sillas viejas, o para arreglar y encolar los palillos que hacen de contrafuertes en la base de la misma. Ayer hizo una demostración con su berbiquí.

Una amplia variedad de usos posibilitaba este oficio artesanal.
Había sillas bajas, para que las costureras pudieran realizar sus labores sobre las rodillas, para sentarse al resguardo del brasero de picón o para compartir conversación con los vecinos en las noches de estío, e incluso eran heredadas de madres a hijas.
Sillas normales para sentarse la familia a comer alrededor de la mesa. Sofás que se situaba en el centro del comedor. Y el sillón, preferido del abuelo.
Con la época de los cambios de mobiliario, a finales de los sesenta, las sillas de aneas se tiraron o malvendieron para llenar las casas de tapizados en skay, y muebles de charol, desapareciendo también las hogareñas cómodas, plateros y chineros, que hoy -lo que son las cosas-, tienen un valor incalculable por sus diseños. Y también se demuestra con los años sin las sillas de bayón, que este material es caliente en invierno y fresco en verano, “y nos damos cuenta tarde y ahora la echamos de menos”,

 
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